
Haciendo un roadtrip por el suroeste de los Estados Unidos, una de mis ilusiones más grandes era recorrer la legendaria Ruta 66 – una de las autopistas originales del país, establecida oficialmente en 1926 y que iba desde Chicago hasta Santa Mónica en Los Ángeles -. Sin haber investigado mucho antes de realizar el viaje, en mi mente serían kilómetros y kilómetros de carreteras llenas de pueblos pintorescos y atracciones sin parar… pero la realidad es que con la llegada del Sistema Interestatal de Autopistas en los años 80 (las típicas I más un número) la via fue perdiendo tráfico y eventualmente sería prácticamente abandonada, quedando solo unos tramos históricos protegidos por su interés turístico. Así que para poder entrar en partes de la Ruta 66, tienes que estar muy pendiente del mapa y tomar salidas o desvíos para poder transitarlas y pasar por los poblados que aún quedan en pie.
Una vez me di cuenta de esto, busqué cuáles podrían ser unas paradas interesantes en el recorrido que estábamos haciendo y encontré una que me llamó mucho la atención: Seligman en Arizona, a 40 minutos de Williams, donde me había quedado durante mi visita al Gran Cañón (y por donde también pasa la Ruta 66).



A pesar de que el día era lluvioso y estaba bastante nublado, los colores de Seligman brillaban por todas partes, haciendo un curioso contraste con la decadencia de los automóviles antiguos y el óxido que también abunda por el lugar. El pueblo, al menos durante mi visita, daba más la impresión de “ghost town” que de sitio turístico… salvo una pareja de viajeros, no vi a más nadie mientras iba de una tienda a otra haciendo fotos de las señales, murales y graffitis que abundan en las paredes de los locales, mayormente puestos de souvenirs.
Como dato curioso, ya de vuelta en casa leí que John Lasseter – director de las famosísimas pelis de Cars – mientras buscaba información sobre la Ruta 66, conoció a Ángel Delgadillo, historiador y residente de Seligman. Esté le contó como el tráfico a través del pueblo prácticamente desapareció cuando abrió la cercana Autopista Interestatal I-40. Aparentemente, Lasseter se inspiró en esta historia para crear el pueblo Radiator Springs donde se desarrollan los hechos de esta ya mega clásica franquicia de Pixar.



Seligman me dejó con muchas ganas de ver más pueblos de la histórica Ruta 66. La melancolía que se respira en el lugar, donde todo recuerda tiempos mejores que se han ido es sin duda sobrecogedora. Obviamente para hacer fotos es espectacular, incluso imprimí varias de estas imágenes y las tengo enmarcadas en la sala de mi casa… esperando algún día añadir más a la colección. Para terminar con broche de oro la visita, al tomar el camino de partida viví uno de los momentos más memorables del road trip: ver en vivo y directo y por primera vez un icónico “tumbleweed”… una planta rodadora de esas que pensaba solo existían en los dibujos animados o los memes. Toda una demostración de que a veces todas esas cosas que ves en las películas o por la televisión se pueden hacer realidad.
